domingo, 29 de junio de 2008

El Paraíso III


Cuarta entrega


Apoyando las rodillas en la arena, con la espalda erguida y el capote sujeto con ambas manos, esperó la salida del astado. En segundos, un cardeno se precipitó hacia las ondas de tela apenas despegada del hombre.

Con un leve cabeceo el novillo intentó alcanzar su objetivo, precipitándose a continuar su recorrido, para luego repetir el ataque. Llenando sus pulmones y batiendo su pata derecha, emitió un bufido y se dirigió nuevamente hacia el hombre, que sin moverse balanceó en un vaivén el capote, para retomar el encuentro con un par de verónicas hasta llegar al caballo.

El puyazo, aplaudido por el respetable, fue seguido por la tanda de banderillas. Era un excelente ejemplar, brillante y noble, bien puesto, con el pitón izquierdo ligeramente tocado y con un pequeño lucero en la frente.

Con la entrega, fortaleza y madurez de un toro adulto, el novillo recorrió el ruedo con cada cite de muleta, metiendo suavemente la cabeza hasta completar su trayectoria. No dudaba ni husmeaba buscando al hombre, y aún con el agotamiento se mostraba tan embelezado como el torero.

Cambió el ayudado por la espada y se entregó frontalmente. Fue su primer estoque perfecto, que lo llevaría a multiplicar infinidad de tardes de éxito hasta conseguir su pase a los sanfermínes.

jueves, 19 de junio de 2008

El Paraíso


Un cuento taurino por entregas...

El paraíso



A través de los siglos,
por la nada del mundo,
yo, sin sueño buscándote,
Paraíso Perdido
- Rafael Alberti.


Justo ahora he entendido lo que es ser culpable por omisión, y duele tanto aprenderlo en estas circunstancias. Estoy a unos minutos de morir y son tan eternos que de sólo pensarlos me producen espasmos. Mi cuerpo está lacerado, pero mi espíritu es el que realmente agoniza. Es increíble cómo puede dolerte el alma. ¡Dios! Perdona mis pecados y acógeme en tu seno. Amén...



I


Amorcillado, así es como se sentía.
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El hierro había entrado certero, limpio, cortando sus entrañas, sólo la rigidez de los músculos era la que impedía que la aorta se reventara y acelerara su muerte.

Fue un estoque perfecto –pensó-.

Laura estaba a su lado. Bella. Sorprendida. Con sus enormes ojos castaños muy abiertos y sus labios sensualmente rosados apenas despegados. No decía nada. Sólo miraba. Mientras sujetaba, como protegiendo, su pequeño vientre hinchado por el embarazo.

Fue entonces que un súbito terror lo sacudió. Por primera vez no se veía en sus ojos y sintió cómo perdía su paraíso. Apretó los párpados y comenzó a soñar.

Siempre ambicionó morir en el ruedo. La imagen era clara. Aun antes de ser torero veía su cuerpo atravesado por un astado, que burlando su defensa intercambiaba su vida justo en el momento cumbre de la corrida: el estoque.

Pese a manifestar sus miedos, su sueño era también una visión romántica de convertirse en mártir una vez alcanzada la gloria, de perecer cobijado por la fama, la entrega del respetable y el amor de una maja.

Mórbidamente se extasió con su muerte. Transcurriendo las tardes en las que coqueteó con el triunfo y su perecer. Fue tan grande como quiso serlo.
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II
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Mientras repasaba su vida, recordó su omisión, la sentencia que justificaría su deseo por morir en el ruedo: Alejandra, ese ser perfecto que se abandonó –o entregó– a su amor por Gabriel, eternizado en la memoria de a quien años más tarde conocería en París, Penélope.

Sólo una vez la vio, una casualidad neoyorkina en la que deambulaba decidiendo su destino. Alejandra jugueteaba con una llave electrónica en el lobby del hotel y él no podía dejar de mirarla. Tras una sonrisa, él se acercó. Tomaron café, sabiéndose desconocidos y los mejores amigos, los cómplices perfectos que jamás volverían a encontrarse.

Nunca vio a Gabriel, pero lo conoció a través de sus palabras. Había tanta pasión y amor en aquellos labios femeninos, que sintió una punzada de rabia por el vacío que encontró en su vida. Un halo de nostalgia cubrió su rostro y al notarlo Alejandra tomó su mano y sonrió.

“Las pasiones son las únicas que mueven al individuo a romper el orden, al sacrificio ritual”, de pronto le dijo ella. Con esa fugaz tristeza de un corazón que recuerda, Alejandra volvió a sonreír, soltó su mano y se despidió, excusándose por tener que ir a recobrar o perder su paraíso. Años más tarde, en una corrida en Francia, sabría que lo había conseguido.

La interpretación que le diera a sus palabras, le sirvió de pretexto para telefonear a su madre y renunciar a su cuenta bancaria. Se iba a España a convertirse en torero.

No volvió a ver a Alejandra, pero la sintió en la Macarena, antes de su primer corrida. Su corazón dio un vuelco. Su amiga estaba con él. Podía contarle que había encontrado su pasión, que pese a ser diferente, era tan intensa como la de ella.